10 octubre 2007

Vivencias escolares

RBlanco

Para muchos, la escuela –no me gusta nada la palabra colegio-, habrá supuesto o supone una especie de suplicio diario que se mitiga un poco en época de vacaciones. Pero para otros muchos, la escuela era, y es, un lugar de aprendizaje, de compañerismo e ilusión para lograr las metas que desde niños nos marcamos. ¿Quién no ha soñado poder ser de mayor médico, abogado, maestro… y, como éstas multitud de profesiones?

A veces, esos sueños se cumplen; otras muchas, desgraciadamente, no.

Recuerdo muchas anécdotas escolares. Unas divertidas y otras no tanto, pero todas vividas con entusiasmo, con la ilusión de algún día poder estudiar medicina. Un sueño que, como muchos sueños se quedó en eso.

Recuerdo que me encantaba aprender, estudiar; pero claro, también me gustaba, como a cualquier cría, jugar; así que, casi nunca me daba tiempo a estudiar las lecciones enteras. Nuestros deberes para casa era estudiar y memorizar páginas de preguntas y respuestas sobre distintas asignaturas. Como a mi no me daba tiempo, pues estudiaba las preguntas salteadas; y no os creáis, la mayoría de las veces me coincidía bien; es decir, que el profesor me preguntaba sobre lo que había estudiado.

En una época en la que se estudiaba sobre la norma de que “la letra con sangre entra”, la verdad es que no solo recuerdo haber recibido tres bofetadas –bien dadas, eso sí-. Dos de mi profesor digamos oficial y una de una profesora que nos daba clase después de acabadas las de nuestra escuela.

La primera la recibí por defender a mis hermanos, a los que unos compañeros estaban copiando y en lugar de castigar a los que copiaban, castigó a mis hermanos y yo, que tendría ocho o nueve años, pero bastante mala uva cuando veía una injusticia, puse al profesor de vuelta y media; así que recibí por su parte una sonora, dolorosa y merecida bofetada.

La segundo fue porque después del horario escolar teníamos clases particulares en una aldea cercana y el profesor castigó a una de las compañeras, y, claro, no podía ir a clase; así que ni cortas ni perezosas armamos una manifestación delante de la escuela, sin pancartas, pero poniendo al maestro a caer de un burro, hasta que éste cansado de tanto berrido, dejó salir a nuestra compañera. Nos tendríais que ver. Menudos humos cogimos. Parecíamos algo así como el David contra Goliat. Llegó el día siguiente, y para entrar en clase siempre lo hacíamos en fila de uno. Claro que esta vez, cada uno y cada una, recibía un buen tortazo como castigo a la revuelta del día anterior –nuestra escuela era mixta, algo rarísimo durante el franquismo-.

De todas formas, creo que la satisfacción de habernos revelado contra lo que consideramos una injusticia, bien mereció recibir ese doloroso castigo.

RBlanco

En la tercera, y última de las tres bofetadas, me falta la de Doña Ana, la profesora de una parroquia a la que los domingos íbamos al cine y de adolescentes a la sala la de baile.

La tercera bofetada la recibí por presuntuosa y prepotente. Resulta que estando en clase, comenzó a subirme por una pierna una pulga y entre el intento de cogerla y matarla y que la pulga no se dejaba, comenzamos a reírnos y, con el alboroto despertamos el interés de doña Ana que sin darme cuenta ya estaba detrás de mí. Mis compañeras me avisaron que me callase, que iba ganarme un tortazo. Y yo toda chula les digo:

-Tranquilas, que a mí doña Aña no me pega -No bien acabé de decirlo, recibo en la mejilla derecha, el sonoro y, doloroso, impacto de una tremenda bofetada-.

De las tres recibidas, ésta fue la que más me dolió, y no a nivel físico, sino emocional, porque sabía el cariño que doña Ana me tenía, de ahí mí presunción.  Y no sólo el afecto que ella me tenía, sino  el que yo sentía hacia ella. Abusé de su confianza y, eso hace que, a los 69 años todavía me sienta avergonzada.

RBlanco, 18/06/2018



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